La civilización nos educa de forma que todo lo que podamos sentir y expresar no supere nunca la frontera de la estética. No nos deja soportarlo ni aceptarlo porque no nos deja vivirlo.
Como personas civilizadas, nos mentalizamos para todo y creamos un ambiente y una personalidad antinatural. Cuando por diferentes motivos sale la parte más primitiva o natural de la persona, no la podemos aceptar porque no es aceptada por nuestro concepto de estética ni tiene nada que ver con todo aquello que nos proponemos y empeñamos: querer vernos siempre ideales en perfecta armonía y control. Es como si quisiéramos transformar algo natural en controlado y expuesto a nuestro propio gusto.
Hace muchos meses que no escribo porque el último periodo de mi embarazo fué muy pesado y sólo quería estar tumbada sintiendo el aire fresco que entraba por una ventana de mi casa cuya orientación dejaba entrar un brisa constante y fresca. Yo cerraba los ojos y me imaginaba en un barco donde sentía la brisa del mar que me acariciaba regalándome serenidad para poder soportar la pesantez de mi realidad con más facilidad. Nunca olvidaré mi querida ventana ni el cariño de la brisa que me proporcionaba tanta calma.
Nacieron los niños...y mi vida cambió 360º

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